Las dos puertas de México

Tapachula y Tijuana son dos ciudades “puerta” para los migrantes que vienen del sur y centro del continente. Una es de entrada y la otra quiere serlo de salida. Pero hay una nueva oleada migratoria –africana y asiática– que cruza el continente de sur a norte y llega a la urbe chiapaneca, donde muchos deciden quedarse, desanimados por las graves dificultades de su travesía. Unos más siguen al norte y en Baja California se ven frenados por las dificultades para cruzar a Estados Unidos.

TAPACHULA, Chis./ TIJUANA, BC.- En una cafetería del centro de Tapachula, la ciudad más austral de México, hace algunos días Alí* estaba sentado y platicaba con tranquilidad sobre cómo es actualmente su vida, a miles de kilómetros de su casa, en la costa oriental de África.

Alí se muestra elocuente y confiado en su cuidada apariencia, propia de un graduado de negocios en una universidad de Etiopía. Originario de Somalia, explica la incongruencia de vivir ahora –tal vez temporalmente– en Tapachula, en la frontera con Guatemala. Describe su angustioso viaje de casi 10 mil 500 kilómetros desde Sao Paulo, Brasil, hasta la frontera mexicana, y dice que en realidad planeaba seguir hacia el norte, pero que la prohibición de viaje a ciudadanos de Somalia –impuesta por Estados Unidos– lo hizo decidir que México sería su destino final.

Cuenta que se convirtió en migrante después de que su padre y su hermano fueron asesinados en un ataque terrorista. Dos años más tarde, en Uganda, su migración se vio interrumpida: fue secuestrado y torturado, aunque después se las arregló para escapar, primero a Kenia y luego a Zambia. Pero se rindió después de años de batallar para lograr asentarse en algún lugar y decidió que tenía que irse de África.

“Estaba desesperado”, afirma. “Y alguien que trabajaba en la embajada de Brasil en Lusaka me dijo que por unos cuantos miles de dólares podía expedir mi visa con mayor rapidez. Acepté su oferta y en unos cuantos días me dio una visa genuina”.

Llegó a América Latina. “Le pagué a alguien para que me consiguiera un coyote en Brasil. Éste me cobró 600 dólares para conectarme con toda una red de traficantes que me llevarían uno tras otro hasta México”, narra Alí, recordando que cada uno de los miembros de la red lo recogía en un lugar específico, algunas veces con comida y bebida, y lo llevaban a él y a otros migrantes, a ciudades más hacia el norte.

Todos los coyotes tenían su fotografía. Y cada vez que era entregado a uno nuevo, pagaba entre 20 y 600 dólares para cruzar ríos, viajar en autobús o pagar sobornos a miembros del crimen organizado, militares, policías y agentes de migración con quienes se topaban en el camino.

Cuando se percataban de la situación en que estaban metidos, algunos migrantes intentaban regresar, pero con frecuencia los traficantes los obligaban a continuar el viaje. “En Perú fui atrapado por la policía. Una vez que estuvimos en sus oficinas, me pidieron dinero: 60 dólares. Yo me negaba a pagar, pero me dijeron que era mi dinero o mi libertad, por lo que acabé dándoles todo lo que traía”, reconoce Alí.

Su historia es sólo una más que ilustra cómo los traficantes transportan a las personas a través de fronteras y continentes, sacando ventaja de los migrantes que están desesperados por escapar de la creciente violencia en sus países de origen. Y los traficantes en América han elevado su apuesta a un nuevo negocio, conforme las viejas rutas de Europa se vuelven cada vez más difíciles.

Los coyotes se están beneficiando de los migrantes dispuestos a correr riesgos y que carecen de opciones legales para llegar a Estados Unidos o Canadá. Una vida mejor, sin la constante amenaza de la violencia, bien vale la pena los riesgos que se corren a lo largo de miles de kilómetros de caminos selváticos y carreteras secundarias en Latinoamérica, aseguran los migrantes.

En esta ruta, Tapachula es un creciente cruce de caminos en la “otra” frontera de México, la que frecuentemente se olvida en el debate sobre migración en América del Norte. Nuevas llegadas de Siria, Afganistán, Etiopía, Camerún, Somalia, Bangladesh, India, Nepal y Pakistán son hoy comunes en Tapachula. Todos se encuentran en esta “ciudad de paso”, meditando sus siguientes movimientos.

Africanos y haitianos. Refugio en Tijuana. Foto: Andrea Arzaba

“Traen ingresos a la ciudad”

Tapachula se ha convertido en una bulliciosa ciudad donde los migrantes apuntalan una economía subterránea. Los dueños de los hoteles les cobran mucho más que las habitaciones: los ayudan a comprar boletos de avión o hasta los auxilian para realizar transferencias de dinero.

Hasta finales del verano pasado, Ravi, un migrante indio de 25 años, había viajado casi un año con la esperanza de llegar a California, donde se han asentado algunos de sus parientes. Ahora está alojado en un un hotel muy barato y oscuro del centro de Tapachula, cerca de una hilera de restaurantes benaglíes, indios, haitianos y cubanos, que han aparecido para atender las nuevas olas de migrantes.

Para poder pagar a los traficantes que lo llevaron a Tapachula se apoyó en préstamos de sus familiares en California y otros parientes en India. Las remesas llegaban cada tres o cuatro semanas. Mientras habla, revisa frecuentemente su celular. “Ésta es la herramienta más preciosa que poseo. Me permite hablar con mi familia y decirles que estoy sano y salvo”, dice.

Unas cuadras más adelante nos presenta a Sadek, un joven emprendedor que abrió una pequeña fonda de comida casera: Bangladesh. Las paredes, pintadas de verde, dan a un gran patio interior.

Sadek ha vivido en Tapachula desde 2012. Entiende el español perfectamente, pero lo habla de manera entrecortada. Sus lecciones provienen “de los mexicanos en la calle”. Les pregunta a algunos clientes bengalíes si desean “rotti and yogurt”, que traduce a su cocinero como “tortilla y Danone”. Su restaurante se ha vuelto un lugar reconfortante para los migrantes asiáticos. Cuando algunos clientes no pueden pagar, comen a crédito, y lleva un libro donde anota lo que cada uno le debe.

Pero la vida no siempre es fácil aquí, afirma Sadek. De cuando en cuando un policía le saca 50 pesos, para “cuidar su restaurante” en la noche. Él se ríe, pero paga, porque como cuota de seguridad no es mucho.

Sadek ha decidido quedarse en Tapachula. Dice que ve aquí una buena oportunidad de negocios y que quizá pueda encontrar una mexicana para casarse.

Yadira de los Santos, directora de la oficina de Migración y Política Internacional del municipio de Tapachula, considera que México necesita establecer un control sobre el flujo de inmigrantes que cruza la frontera sur. “Requerimos un análisis exhaustivo de cuántos migrantes han pasado por la ciudad y, de ellos, cuántos se han quedado en Tapachula”.

Será una tarea difícil: Tapachula es considerado un destino fácil para el que parece ser un incontrolable flujo de migrantes de todo el mundo. Todo lo que se necesita es un corto viaje a través del río. Y los cruces en balsas, compartiendo espacio con toda clase de mercancías legales e ilegales, cuestan menos de cinco dólares.

Comedor en la frontera norte. Apoyo eclesiástico. Foto: Andrea Arzaba

Tijuana: la ciudad de los migrantes

En Tijuana a unos cuatro mil kilómetros de Tapachula, Carol*, una ghanesa de 40 años, está sentada en una confortable sala. Ha vivido aquí desde diciembre de 2016. Su voz se escucha serena en contraste con el bullicio que viene de la calle. Dice que abandonó su país a causa de la religión. Contrató a coyotes a lo largo de miles de kilómetros de selvas, montañas y ríos de Centro y Sudamérica.

Laura Thompson, la subdirectora general de la Organización Internacional para las Migraciones, dice que hoy en día hay más mujeres en las rutas mundiales de la migración. Antes, seguían a sus esposos o familias. Ahora, por los refugios y cruces fronterizos se mueven cada vez más mujeres por cuenta propia, y con cierto nivel de educación, enfrentando riesgos particulares durante su travesía.

El viaje de Carol hasta Tijuana se vio afectado por mentiras, robos y corrupción. Después de volar desde África hasta Ecuador, tomó un autobús hacia la frontera colombiana. De ahí camino más de una semana, alojándose en campamentos improvisados en la Depresión del Darién, una zona selvática sin caminos que hasta hace poco estaba parcialmente controlada por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Sufrió muchos piquetes de insectos e incluso la mordió una serpiente, pero sabía que perderse en la selva podría significar su muerte. La robaron en varias ocasiones y entregó su teléfono celular en un asalto.

“Vi a gente morir por el camino. Algunos se ahogaron en ríos; otros cayeron de altas montañas. No fue nada fácil llegar hasta Panamá, y ahí los panameños nos trataron como perros. A veces teníamos que darles dinero, o hasta nuestra propia ropa, para que nos dejaran en paz”, cuenta y agrega que algunas mujeres dieron sexo a cambio de comida.

Pero ahora Carol se está adaptando a una nueva vida en Tijuana. Durante generaciones esta bulliciosa ciudad de 2 millones de habitantes, al otro lado de San Diego, California, ha atraído oleadas de migrantes. Su proximidad la hace ideal para quienes están determinados a llegar a Estados Unidos. Pero también hay establecidas desde hace tiempo comunidades de inmigrantes rusos, chinos y libaneses que decidieron convertirse en mexicanos. Y más recientemente, otros mexicanos y latinoamericanos deportados de Estados Unidos se han asentado aquí.

Carol está entre los que aspiran a ser mexicanos. Dice que está aquí para quedarse. Su meta es trabajar y reunir suficiente dinero para hacer traer a sus dos hijas. “Los tijuanenses han sido muy hospitalarios conmigo”, asegura. “Hay muchos extranjeros en esta ciudad”.

No es la única. En años recientes, las solicitudes de asilo en México se incrementaron hasta llegar a 8 mil 781 en 2016. La Comisión Mexicana de Asistencia a los Refugiados observó un incremento de 150% en este tipo de solicitudes de noviembre de 2016 a marzo de 2017, comparado con el mismo periodo del año anterior; y anticipó que en todo 2017 podría recibir más de 20 mil.

Este pico podría deberse a la creciente percepción de Estados Unidos como un país poco hospitalario con los migrantes, inclusive los documentados, explica el doctor Guillermo Alonso Meneses, profesor en el Colegio de la Frontera Norte en Tijuana. “Muchos migrantes han decidido quedarse en México y otros tantos ven en Canadá un país que les da un mejor recibimiento que Estados Unidos”.

Se calcula que sólo en 2016, por lo menos 20 mil haitianos y africanos pasaron por Tijuana, y según el Instituto Nacional de Migración (INM), muchísimos de ellos entraron por la frontera sur.

“Cuando ocurrió (que miles de migrantes llegaran de golpe a los refugios de Tijuana), no teníamos ningún apoyo del gobierno; ni fondos ni nada”, recuerda el sacerdote jesuita Cañaveral, quien dirige un centro de apoyo a migrantes. “Si vuelve a suceder, no estaríamos preparados”.

Aunque los más deseaban ingresar a Estados Unidos, muchos se detuvieron en el camino, como en Tijuana. Algunos temen un régimen de inmigración más severo en Estados Unidos. Otros se quedaron, al temer ser detenidos en su avance hacia el norte, lo que conduciría a una rápida deportación.

El desbordamiento

Durante un tiempo el hogar de Carol en Tijuana fue un humilde refugio en la iglesia cristiana Emmanuel. Se trataba únicamente de un gran patio y un salón amplio en la casa del pastor, donde Carol compartía estancia con otros 70 hombres y mujeres de todas las edades, incluidos niños, que pernoctaban en sacos de dormir o cartones cubiertos con sábanas.

En 2016 en Tijuana había al menos 10 albergues sólo para deportados de Estados Unidos o migrantes que deseaban cruzar la frontera. La mayoría de sus ocupantes eran latinoamericanos. Pero luego algo cambió. Junto con guatemaltecos y salvadoreños, había migrantes de África, Asia y Haití.

Una oleada de casi 20 mil, la mayoría haitianos, pero también africanos y de otras latitudes, dice Rodulfo Figueroa, director del INM en Baja California. Los albergues se vieron desbordados y muchos migrantes fueron hallados durmiendo en las calles. Las iglesias locales se apresuraron a levantar más de 30 refugios provisionales.

El sacerdote José María García coordina la red Alianza Migrante Tijuana. En mayo de 2016 numerosos migrantes africanos y haitianos se alojaban en tiendas de campaña en su patio. “Nos dimos cuenta de que algunas personas se estaban quedando en las calles, y eso no lo podíamos permitir”, asevera. García, como muchos otros, dice que la respuesta del gobierno mexicano fue inadecuada.

El sacerdote Pat Murphy, director del refugio Casa del Migrante, sostiene que “si tuviéramos que sobrevivir con los recursos que nos da el gobierno, hace mucho tiempo que hubiéramos tenido que cerrar nuestras puertas”. Dice que el gobierno aporta aproximadamente una cuarta parte del presupuesto anual de su albergue, y el resto es brindado por organizaciones internacionales o donadores privados.

Adriana Reyna, activista tijuanense, es miembro del Comité Estratégico de Ayuda Humanitaria y ha trabajado con migrantes de Eritrea, Sudán, Congo, Ghana, Nigeria y Togo. Ella y su colega Soraya Vázquez consideran que los migrantes son víctimas de un sistema corrupto: la falta de una legislación para enfrentar el tráfico de migrantes en muchas partes del mundo permite a coyotes y traficantes operar con poco temor a que se aplique la ley.

Y cuando son arrestados, continúa Vázquez, la incapacidad para convencer a los migrantes de que testifiquen en su contra ha dejado a los fiscales sin armas. Más aún, las sentencias por traficar con migrantes no siempre conducen a penas graves. Sin importar cómo hayan llegado, Reyna dice que va a seguir trabajando para que se sientan bienvenidos en Tijuana.

“Esta gente está huyendo de la pobreza y de la guerra, y necesitamos ayudarla. Después de todo, Tijuana es una ciudad que se formó con inmigrantes”, concluye (Traducción Lucía Luna).

* Investigación patrocinada por Transparency International y 100Reporters. En este texto, Alí y Carol son seudónimos utilizados por motivos de seguridad.

ANDREA ARZABA/Proceso.

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