Fábula del magnate y el rey

Érase un magnate rico, muy rico, que dominaba en el país de Nunca Jamás (Pasa Nada)

 

El poderoso personaje odiaba al Rey en turno,  porque se atrevió con sus reformas a trastocar sus vastos y muy lucrativos intereses.

Por eso el potentado se fijó tres propósitos. Uno, destruir a quien lo desafió. Dos, financiar a los rivales políticos mas temidos  por su gobierno. Y tres, dejar el mensaje, al próximo Rey, que con él y sus intereses, no se jugaba.

Para cumplir su propósito, armó una sofisticada red de inteligencia, aprovechando que el jefe de la seguridad nacional operaba desde hacía dos gobiernos bajo su nómina y protección.

Y fue haciéndose de los secretos más sensibles que podrían poner en jaque al gobierno que lo desafió, para emplearlos en el momento oportuno en beneficio de sus crecientes y desbordados intereses.

Para diversificar su influencia, el magnate creó una constructora y una corporación petrolera que comenzaron a ganar algunas de las obras más codiciadas del reino, aunque en otras tantas se quedó en el camino.

Fue por su red de inteligencia que en una investigación sobre el por qué había perdido la asignación de una carretera, se topó con los intereses de una constructora de otro reino.

En los últimos tres gobiernos, esta constructora extranjera fue convirtiéndose en una de las favoritas, sin importar el partido en el poder.

Su red de relaciones y su capacidad de concretar negociaciones privilegiadas, muchas muy cuestionables, le dieron a esa constructora extranjera una ventaja sobre las de ese reino, incluída la del magnate.

Pero ese hombre poderoso hizo acopio de abundante información, hasta que en el momento oportuno la detonó.

Sabía que sería un escándalo internacional, cuando se conociera que los sobornos que la constructora extranjera pagó a duques y condes de su país, salieron de las cuentas de su filial nacional.

El escándalo daba al magnate la ocasión para hacer una carambola de cuatro bandas.

La primera, sobre el Rey que lo desafió, pues las obras principales de esa constructora extranjera se ejecutaron no sólo en el condado de origen del soberano, sino que algunas se pactaron en los años en que él era apenas su comendador. Sería el escándalo.

La segunda, el magnate exhibiría el nivel de corrupción de su constructora rival, lo que la inhabilitaría de la obra pública nacional, al ser exhibidos los detalles de sus negociaciones.

La tercera, inhabilitado el rival -por muy justos motivos- las posibilidades de que la constructora del magnate se fortaleciera, y tendría acceso a las obras monumentales, con escasa competencia, aliada con otras constructoras con intereses políticos y económicos afines.

Y la cuarta, al exhibir el descalabro de ese gobierno y su colusión con la constructora extranjera, el escándalo colocaría bajo la lupa al Rey y a su partido, despejando más el camino para favorecer a aquellos políticos a quienes el magnate pensaba que con sus favores financieros le mantendrían intocables sus intereses.

De poco sirvieron los coqueteos del soberano para con el magnate, a quien se le entregó sin reservas la construcción de su mega obra insignia. El plan estaba en marcha.

¿Y colorín, colorado?… Para nada. Este cuento apenas ha comenzado. Cualquier parecido con alguna realidad no es coincidencia.